
Yuval Noah Harari: La sabiduría de no saber
En un mundo que cambia sin parar, buscar cosas seguras es un deseo nostálgico. El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari lo tiene claro: aferrarse a lo que ya sabemos no solo es inútil, sino también peligroso.
Nacido en 1976 y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Harari sacudió al mundo entero con sus libros Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI. Ahora, con su nuevo libro, Nexus, analiza cómo las redes de información manejan nuestras vidas.
Su propuesta central para los tiempos que vienen es tan simple como revolucionaria: el verdadero secreto para no quedar afuera del futuro es aprender a reconocer nuestra propia ignorancia. No es un juego de palabras; es una regla de supervivencia. Como él mismo dice: "La única certeza respecto al futuro es que habrá cada vez más cambios, más grandes y más rápidos".
Por primera vez en la historia, nadie sabe realmente cómo va a ser el mundo dentro de veinte o treinta años. Antes, un padre podía enseñarle un oficio a su hijo con la seguridad de que le serviría para toda la vida. Hoy, la mayoría de los trabajos que se necesitarán en el año 2050 todavía ni se inventaron.
Las profesiones desaparecen antes de que lleguemos a dominarlas, las computadoras aprenden a una velocidad que nos deja atrás y las escuelas se quedan viejas enseguida. En este escenario, la única herramienta que nos queda es la capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender.
"Lo que aprendiste en tu juventud, cuando tengas treinta o cincuenta años, ya no te va a servir. El mundo será radicalmente distinto. Habrá que reaprender todo", advierte Harari. La gran cualidad de nuestra época no es acumular datos como una enciclopedia, sino tener la flexibilidad mental para soltar lo que ya no sirve.

Desaprender no significa volverse desmemoriado. Significa hacer espacio para lo nuevo, limpiar los prejuicios y aceptar que la realidad se mueve más rápido que nuestras costumbres.
Esta idea de dudar de todo no es nueva. Harari nos recuerda que la ciencia nació, justamente, cuando aceptamos que no sabíamos todo. El gran motor del progreso humano fue admitir que los libros antiguos y las tradiciones no tenían todas las respuestas. El punto de partida de la evolución humana fue la humildad.
Ahora, el avance de la inteligencia artificial nos vuelve a poner en el mismo lugar de fragilidad. En un futuro donde las máquinas procesan información mejor que cualquier cerebro humano, el verdadero desafío será seguir siendo humanos, aportando empatía, creatividad y sentido común.
Las grandes consultoras ya advierten que se están contratando menos jóvenes profesionales porque muchas tareas de oficina y de análisis las hacen los sistemas automáticos. Pero Harari nos pide que no caigamos en el desánimo, sino que cambiemos la cabeza.
Durante generaciones, la educación castigó la duda; el que no sabía se sacaba una mala nota. Sin embargo, el mañana será de los que sepan transformar la incertidumbre en curiosidad, de los que no tengan miedo de borrar el pizarrón y empezar otra vez. El conocimiento ya no es una propiedad fija que se guarda en un cajón; es una práctica que se renueva todos los días.
En su nuevo libro, Nexus, Harari hace un viaje por la historia de las redes de información, desde los mitos religiosos antiguos hasta internet. Explica que el poder de la humanidad siempre vino de la capacidad de conectarse y cooperar en masa gracias a los relatos compartido, ya fueran leyes, religiones o sistemas económicos.
"La información no solo describe el mundo; lo crea. Une cosas que antes estaban separadas. Su esencia es la conexión", dice. Pero en el siglo XXI, esas historias las manejan algoritmos que deciden qué compramos, en qué creemos y por quién votamos. Y acá es donde Harari planta una bandera de alerta muy importante al diferenciar a la inteligencia artificial de las tecnologías del pasado.
"Un martillo no decide qué clavar; es una herramienta muda. Pero la inteligencia artificial puede procesar información por sí sola y reemplazar a los humanos en la toma de decisiones. No es una herramienta: es un agente". Las redes de información ya no son neutrales; por primera vez en la historia, la tecnología tiene la capacidad de decidir.
Por eso, antes de dejar que las máquinas decidan por nosotros, tenemos que mirar el pasado. Harari lo resume con lucidez: "La tendencia a crear fuerzas poderosas con consecuencias imprevistas empezó con la religión. Los profetas y teólogos invocaron fuerzas que creían comprender, pero a veces terminaron inundando el mundo de sangre". Cuando el poder tecnológico no va acompañado de autocrítica, el riesgo es enorme.
En estos tiempos de pantallas llenas de fanáticos y opinólogos que se creen dueños de la verdad, Harari rescata la honestidad de decir "no lo sé" como la forma más inteligente de adaptación. Aceptar que nos toca volver a ser alumnos no es una debilidad; es una fortaleza clave para no quedarnos estancados.
El futuro no va a ser de los que crean saberlo todo hoy, sino de los que tengan la agilidad para cambiar su mente mañana; de los que se animen a decir: "no lo sé, pero quiero entenderlo". La ilusión de que el conocimiento es fijo se terminó.
Esa actitud, tan poco celebrada en las aulas tradicionales, es hoy la llave de un mundo nuevo. Porque el verdadero crecimiento no llega con las certezas, sino el día en que nos animamos a dar el paso y volver a ser aprendices.