Olvidar para seguir viviendo
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Olvidar para seguir viviendo

Valeria Sol Groisman

Una novela sobre la vejez, el deseo y la dignidad. La protagonista, Raquel, es una artista octogenaria que ha dejado de pintar y está obsesionada con el Vantablack, conocido como uno de los negros más profundos. La trama gira también alrededor de su amistad con Beba, una cena con amigas y una serie de situaciones que terminan desencadenando un conflicto judicial.

Por gentileza de la autora, reproducimos un fragmento de esta novela.

La primera persona que se dedicó a la memoria como objeto de estudio científico fue el filósofo y psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus. Tenía un rostro alargado, llevaba la barba crecida en lo que parecía un pino —o un arbolito de Navidad sin luces ni bolas ni ornamentos— ancho e invertido, y en sus ojos unos quevedos —llevaban el nombre del escritor Francisco de Quevedo, por haber sido él uno de los primeros hombres retratados con ese tipo de gafas: redondas, pequeñas, con una armadura conveniente para que la nariz las sujetara— que le aseguraban la pose intelectual.

En jornadas agotadoras, Ebbinghaus se aprendía listas de sílabas de tres letras —una consonante, seguida de una vocal, seguida de una consonante— y luego, en tres tiempos distintos —a los veinte minutos, una hora y una semana después—, intentaba recordar la lista entera. Por supuesto, no siempre lo lograba. A ese trabajo de memorización y recuperación de lo aprendido, lo analizaba meticulosamente. Era su material de trabajo. ¿Cuánto era posible recordar? ¿Qué solía recordar y por qué? ¿Había maneras de recomponer el conocimiento cuando este parecía haberse disuelto a la medida del tiempo?

Al final, en los casos en los que la evocación fallaba, el estudioso calculaba cuánto tiempo le llevaría volver a aprenderse las listas. De esa tarea repetitiva surgió la teoría de la curva del olvido, que explica el ritmo exponencial con el que los humanos olvidan lo que han aprendido. Decía Ebbinghaus que, a menos que las personas se dedicaran con ahínco a retener el conocimiento, las ideas tenderían a ir disipándose a medida que corriera el reloj.

En 1885, cuarenta y cuatro años antes de que viera la luz La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung) de Sigmund Freud, considerado el padre del psicoanálisis (como es sabido), Ebbinghaus publicó Memory: A Contribution to Experimental Psychology. Inspirado en Platón, que entendía la memoria como una tabla de cera donde se cincelaban los recuerdos, el psicólogo alemán dejó sentadas las bases de lo que hasta hoy se conoce como la “teoría de la huella”. Y planteó tres hipótesis que durante cierto tiempo se creyeron ciertas:

1. Los recuerdos son huellas que se alojan en la mente.
2. Los recuerdos no forman parte de un todo.
3. Los recuerdos no siempre tienen un significado.

Ebbinghaus entendía el aprendizaje como mera reproducción, concepto etrusco que en ciertos ámbitos de la educación prevalece. ¿Quién no se aprendió de memoria las tablas de multiplicar, las preposiciones, las capitales del mundo o un poema de García Lorca o Garcilaso de la Vega?

Casi cincuenta años después, otro psicólogo, pero esta vez inglés, propuso una alternativa a las ideas de Ebbinghaus. No era cierto que los recuerdos fueran algo disperso y sin sentido, creía el hombre. No podía ser. De ninguna manera. Así nació la “teoría del recordar”. En Remembering: A Study in Experimental and Social Psychology, Frederic Bartlett aseguró que era posible recuperar y analizarlos recuerdos, y que hacerlo conllevaba el afán de buscar significados.

Para él, la memoria no se originaba gracias a un proceso de reproducción o imitación, sino de reconstrucción dinámica, que solo es posible cuando la persona que recuerda recurre a su marco mental, que se alimenta de sus emociones, su educación y su experiencia. Los datos del pasado que se recuperan sirven para entender mejor el presente y estar mejor preparados para el futuro.

Pero quizás uno de los conceptos más interesantes en torno a la memoria es el que Lee Jussim planteó en 2012. Según este psicólogo social estadounidense, resulta un error tildar a las personas de avaros cognitivos —cognitive misers—, como si existiera una tendencia humana innata a la negación o no fuéramos capaces de traer al presente la información guardada en la memoria.

En realidad, dice Jussim, la memoria es un sistema adaptativo. Recordamos lo que nos sirve y olvidamos lo que nos conviene desechar, para poder seguir viviendo.

Valeria Sol Groisman

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Datos bibliográficos

Título: Vantablack
Autora: Valeria Sol Groisman
Editorial: Gata Flora Editorial
Año de publicación: 2025
ISBN: 978-631-008766-5
Páginas:
315