El rating de la soledad y el laburo de no quedarse solo
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El rating de la soledad y el laburo de no quedarse solo

Liliana Parodi 

Productora de Medios / Vocera Silver

La reconocida productora de medios desarma el drama de las pantallas y se postula como vocera de su propia generación. Una crónica filosa sobre cómo reinventarse tras apagar las luces del éxito laboral y por qué esquivar el aislamiento exige un esfuerzo real cotidiano. 

Me presento en este panel con una doble identidad: como representante de los medios de comunicación y, fundamentalmente, como una "chica silver" hecha y derecha. 

Al observar el Salón Dorado de la Legislatura, salta a la vista un dato contundente: la abrumadora mayoría somos mujeres. Esto me lleva a preguntarme dónde están los hombres de nuestra generación, ya que su baja representación en estos debates es un síntoma de que se nos están quedando dentro del mapa social. 

En mi camino hacia la construcción de una nueva narrativa silver, suelo dialogar con Mercedes Jones. Ella aporta el rigor académico y yo la mirada del llano televisivo; una combinación ideal donde aprendo constantemente y que me impulsó a asumir el rol de vocera de lo que verdaderamente nos pasa.

Tradicionalmente, la soledad ha cargado con un estigma histórico demoledor, especialmente para el público femenino. Mientras que la soltería lograba ser aceptada, el rótulo de "ser sola" se arrastraba casi como un diagnóstico clínico o una enfermedad.

Por fortuna, el chip cultural está cambiando y hoy logramos naturalizar el tema en la conversación cotidiana. Todos conocemos una historia cercana: el vecino retraído, una madre mayor o incluso un hijo joven que se refugia en su cuarto. La soledad es un fenómeno transversal que atraviesa clases sociales y almanaques, aunque cala con mayor crueldad en los sectores más vulnerables.

Los medios de comunicación, lamentablemente, padecen una adicción histórica al drama, ya que la tragedia es lo que garantiza la audiencia. 

Ahora que la Organización Mundial de la Salud incorporó este tema a su agenda, la tendencia de las pantallas será transmitirlo de forma terrorífica.

Recientemente leí una crónica alarmante sobre personas mayores que murieron aisladas durante una ola de calor en París, abordada con un morbo innecesario. 

Frente a ese enfoque masivo, los datos locales de Voices! nos devuelven la realidad: en Argentina, casi una cuarta parte de la población sufre este frío interno con frecuencia y recurre a las pantallas como un refugio digital.

Es preocupante que un tercio de los jóvenes busque soporte emocional conversando con Inteligencia Artificial, un repliegue que coincide con el desplome de la valoración del lazo humano en los últimos años.

"Los medios prefieren la inmediatez ruidosa antes que detenerse en la lenta erosión del lazo social. Nosotros proponemos contarlo al revés: partiendo de la experiencia propia y recordando que no estar solo da trabajo. Un trabajo real, diario, que exige energía y voluntad."

Viví este sismo en carne propia. Cuando dejé mi puesto en América tras 33 años de una intensidad absoluta, experimenté el vacío drástico derder a la comunidad con la que compartía mis días.

En los años de vorágine laboral el círculo íntimo tiende a achicarse, y al jubilarme a los 65 años tuve que reescribir mi rutina desde cero. 

Como me apasiona mantenerme activa y sostener el nivel de vida que me gané trabajando, entendí que nadie vendría a ofrecerme el mismo sillón del pasado. Me dediqué a estudiar, a hacer cursos y a insertarme en organizaciones sociales. 

Hay quienes no tienen la opción de evitar el aislamiento, pero hay muchos otros que se dejan estar por no realizar el esfuerzo individual que exige salir al encuentro del otro. 

Dos ejemplos familiares ilustran a la perfección estas dos posturas. 

El primero es mi tío, quien a los 80 años se mudó solo a Buenos Aires. Aunque sus sobrinos hacíamos malabares para acompañarlo, el tiempo de la vida moderna nunca es suficiente. A través de los centros de día de la Ciudad, mi tío redescubrió la autonomía: asistió a talleres de literatura, pintura y almuerzos compartidos, construyendo una red de pares tan sólida que la comunidad del centro se transformó en su eje vital. 

El caso opuesto fue su hermana, a quien intentamos replicarle el mismo esquema y se negó rotundamente a recibir cualquier propuesta externa.

Esta experiencia me enseñó que la voluntad individual es sagrada y debe respetarse. Sin embargo, la soledad no tiene por qué transformarse en una condena biológica si logramos estructurar una cadena firme donde se articulen la familia, los vecinos y los espacios del barrio. 

Para cerrar, les deseo a todos los silver presentes —y a las generaciones más jóvenes, que inevitablemente serán los silver del futuro— que logren construir vidas plenas, activas y con el amparo de la vida en común.