De la evidencia a la reconexión social
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De la evidencia a la reconexión social

Diego Francisco Ruiz 

Director de Epidemiología de la Ciudad de Córdoba

Frente al sufrimiento silencioso del aislamiento, una innovadora investigación revela que muchas veces el problema no es la falta de actividades o servicios, sino la ausencia de un puente que facilite el acercamiento. En ese marco, la figura del Linkeador Social aparece como una estrategia de proximidad para reconocer situaciones de soledad no deseada, orientar a las personas hacia recursos disponibles y acompañar los primeros pasos de reconexión comunitaria.

Durante mucho tiempo, la soledad estuvo flotando en los pasillos de los centros de salud, en las mesas de las organizaciones sociales y en la intimidad de miles de hogares de nuestra provincia. Todos sabíamos que estaba ahí, todos intuíamos que crecía, pero seguía faltando algo fundamental: convertir esa preocupación difusa en evidencia científica.

La soledad no deseada tiene una particularidad: muchas veces transcurre fuera del radar institucional. Rara vez una persona se acerca a una ventanilla municipal a pedir ayuda diciendo “me siento sola”. Con mayor frecuencia, aparece de manera indirecta: en el abandono de actividades, el retraimiento, la pérdida de vínculos cotidianos o la dificultad para pedir ayuda.

El sufrimiento silencioso se oculta detrás del abandono de una actividad, del retraimiento, de una persiana que no se abre o de la dificultad extrema para pedir auxilio. Por eso, las buenas intenciones no alcanzan; necesitamos datos precisos para poder diseñar políticas públicas inteligentes.

Con esa convicción fundamos la mesa intersectorial vinculada al Observatorio Municipal de Soledad No Deseada de la Ciudad de Córdoba. Sentamos a la misma mesa a los equipos de políticas sociales, salud, cultura, deportes y urbanismo, junto con universidades y organizaciones civiles. No queríamos acumular papeles, sino construir una mirada común. Así nació nuestro estudio exploratorio, publicado este año, donde combinamos una encuesta rigurosa a 765 personas mayores con el análisis profundo de seis grupos focales.

Para avanzar con precisión en el territorio, nuestra decisión metodológica central fue medir ambas dimensiones de forma independiente. Por un lado, evaluamos la soledad percibida mediante la escala UCLA, que registra cómo vive cada persona sus vínculos a nivel íntimo. Por el otro, estimamos el riesgo de aislamiento social a través de la escala de Lubben, que mide la disponibilidad concreta y real de redes, contactos y apoyos en el día a día del barrio. La combinación de estas herramientas es lo que nos permitió encender las alarmas ante las situaciones de mayor complejidad.

Cuando cruzamos ambas dimensiones, los números nos dieron una bofetada de realidad. El 57,78% de los mayores relevados presenta niveles moderados de soledad percibida, y el 24,18% estaba en alto riesgo de aislamiento social.
Pero el dato más alarmante apareció al combinar las dos alarmas: casi el 20% de nuestra población mayor se encuentra en una situación de "máxima complejidad relacional". Están solos en sus casas y, además, no tienen a quién acudir si sufren una caída.

La soledad no se distribuye al azar en el mapa: está profundamente ligada a las desigualdades sociales. Los ingresos, la educación y la brecha digital trazan fronteras invisibles. Muchas veces el problema no es que falten talleres o servicios, sino que falta el andamio humano que ayude a cruzar la vereda.

En los grupos focales pudimos ponerles rostro y voz a esos porcentajes:

Confirmamos que la noche y los fines de semana son los momentos más hostiles del almanaque, y que la jubilación, la viudez o el duelo desarman por completo las rutinas cotidianas.

También observamos algo clave: la presencia de vínculos familiares, aunque muy valiosa, no siempre alcanza por sí sola para evitar sentimientos de soledad. Muchas personas mayores valoran especialmente los vínculos entre pares, los centros de jubilados y los talleres comunitarios porque allí encuentran pertenencia, reconocimiento y una rutina compartida. Sin embargo, las barreras económicas, las dificultades de movilidad y la brecha digital muchas veces limitan el acceso y la continuidad de esa participación.

Es ahí donde nuestra investigación se transforma en acción pública a través de una iniciativa que nos entusiasma: la creación del Linkeador Social.

No alcanza con multiplicar actividades si las personas no logran llegar a ellas. La clave está en construir puentes de proximidad que faciliten el primer acercamiento, acompañen la participación y conviertan los recursos existentes en oportunidades reales de encuentro.

El Linkeador Social es una figura de proximidad, un vecino o un agente comunitario entrenado no para hacer terapia, sino para detectar señales de desconexión, entablar una conversación breve en la vereda, identificar qué le interesa a esa persona y qué barreras la frenan. 

Su única y revolucionaria misión es construir un puente humano: tomar de la mano al vecino, acompañarlo en ese difícil primer acceso al club o al centro del barrio, y ayudarlo a sostener la participación inicial.

La experiencia de Córdoba nos demuestra que producir evidencia es, en el fondo, una forma de hacer política con rostro humano. Investigar nos permitió visibilizar un drama oculto, unir a las instituciones y generar herramientas concretas para intervenir en el territorio. 

La experiencia de Córdoba muestra que abordar la soledad no deseada implica algo más que ofrecer recursos: requiere detectar, orientar, acompañar y fortalecer las tramas comunitarias que permiten sentirse parte.