Cuando el entorno impone soledad: ciudades que aíslan y espacios que habilitan vínculos
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Cuando el entorno impone soledad: ciudades que aíslan y espacios que habilitan vínculos

Irene Lebrusán (España) y Mercedes Jones (Argentina)

Capítulo 5 de Soledades. Diversidad y desigualdad

Ante la imposibilidad de Irene Lebrusán de participar en el encuentro, Mercedes Jones, recuperó los principales conceptos del capítulo escrito en coautoría con ella.

La soledad no deseada no depende únicamente de la historia personal ni de la cantidad de vínculos. La vivienda, el barrio, la movilidad y el diseño de la ciudad pueden ampliar o restringir las oportunidades de encuentro hasta producir lo que Irene Lebrusán denomina "soledad impuesta".

Cuando hablamos de soledad solemos mirar, en primer lugar, a la persona: sus relaciones familiares, sus amistades, sus pérdidas o sus dificultades para participar. Esa mirada es necesaria, pero resulta insuficiente.

En el capítulo que escribimos con Irene Lebrusán proponemos ampliar la perspectiva y observar también el contexto construido: la vivienda, el edificio, las veredas, el transporte, los comercios de cercanía, las plazas y los espacios comunitarios. Todos ellos pueden ampliar o restringir las posibilidades de salir, encontrarse, conversar y seguir formando parte de la vida comunitaria.

La distinción entre aislamiento y soledad ayuda a comprender esta relación. El aislamiento social alude a una situación objetiva: la escasez de contactos o de integración social. La soledad, en cambio, es una experiencia subjetiva vinculada con la distancia entre los vínculos que una persona tiene y aquellos que necesita o desea. No todas las personas que viven solas se sienten solas y es posible sentirse sola aun estando rodeada de gente.

En este punto aparece una idea de Irene Lebrusán que considero uno de los aportes más originales del capítulo: la "soledad impuesta". No se trata de una soledad elegida ni de una dificultad atribuible a la falta de voluntad individual. Se produce cuando las condiciones de la vivienda o del entorno restringen la movilidad, la participación y el contacto con otras personas.

Un edificio sin ascensor, una vereda deteriorada, un semáforo que no brinda tiempo suficiente para cruzar, un transporte al que resulta difícil subir o acceder, o un espacio público inseguro pueden convertir una salida sencilla en una experiencia difícil o incluso imposible. La persona no decide aislarse: encuentra restringidas sus oportunidades de participar, encontrarse y sostener sus vínculos cotidianos.

Esta perspectiva adquiere especial importancia en sociedades caracterizadas por el aumento de la longevidad poblacional y la urbanización. A cualquier edad, cuando cambian las capacidades físicas, sensoriales o de movilidad, el entorno cercano cobra enorme relevancia. En el caso de las personas mayores, permanecer en la vivienda y en el barrio elegidos puede ser una fuente de bienestar, identidad y continuidad biográfica, siempre que exista un equilibrio entre las exigencias del ambiente y las capacidades de la persona.

Cuando ese equilibrio se rompe, el hogar puede dejar de ser un lugar de protección y transformarse en una frontera.

A partir de esta perspectiva resulta relevante distinguir entre entornos habilitantes y ciudades proclives a la soledad. Los primeros son espacios físicos, sociales y tecnológicos pensados para todas las edades, que promueven seguridad, respeto, inclusión y participación. Además de reducir barreras, crean oportunidades para encontrarse, permanecer en el espacio público, desarrollar actividades y construir relaciones de cercanía y confianza. Las ciudades proclives a la soledad, en cambio, son aquellas cuyo diseño y funcionamiento pueden aumentar la probabilidad de aislamiento.

El espacio público ocupa aquí un lugar fundamental. Una plaza accesible, bancos donde descansar, calles caminables, espacios verdes y azules, comercios próximos y actividades abiertas a distintas generaciones multiplican las oportunidades de encuentro. El saludo del comerciante, una conversación breve con una vecina o coincidir con otras personas en una actividad son intercambios cotidianos que pueden parecer pequeños, pero contribuyen a construir familiaridad, confianza, pertenencia y vida en común.

La distribución desigual de estos recursos plantea además una cuestión de justicia espacial. No todas las personas ni todos los barrios cuentan con las mismas oportunidades para usar la ciudad. El lugar de residencia, la edad, el género, los ingresos y las condiciones de movilidad se combinan y producen experiencias urbanas diferentes.

Diseñar sin perspectiva intergeneracional no es neutral: puede excluir de hecho a quienes encuentran mayores dificultades para desplazarse y participar. Aunque esta situación suele hacerse más visible en las personas mayores, conviene reconocer que puede afectar a personas de cualquier edad.

La soledad impuesta es algo evitable. Es posible crear condiciones que la prevengan: viviendas adecuadas y adaptables; accesibilidad efectiva; transporte público seguro; veredas y cruces apropiados; espacios públicos cuidados y equipados; entornos digitales accesibles que complementen, sin reemplazar, los vínculos presenciales; y oportunidades de participación, aprendizaje, actividad cultural, deporte y voluntariado como opciones abiertas a todas las edades. También supone escuchar a las personas e incorporarlas en las decisiones sobre los lugares que habitan.

Las relaciones personales son fundamentales, pero también lo son las condiciones que las hacen posibles. Por eso, una política pública que aborde la soledad no deseada no puede limitarse a recomendar que las personas salgan, participen o se vinculen. Necesita preguntarse si están dadas las condiciones para hacerlo y cuáles son los obstáculos que encuentran en su vida cotidiana.

Diseñar la ciudad es una tarea de especialistas, pero hacer la ciudad es una construcción cotidiana y colectiva. Las decisiones públicas, las prácticas institucionales y los comportamientos ciudadanos pueden crear barreras o abrir posibilidades. Una ciudad preparada para la longevidad no es solamente aquella que elimina barreras: es aquella que amplía las oportunidades para que personas de todas las edades puedan encontrarse y fortalecer la vida en común.